El Jardín De Verano

El Jardín De Verano - Paullina Simons Lo primero que pensé cuando empecé el libro fue: “¿Qué ha pasado?”. Me sorprendió ver la situación de los protagonistas, Tatiana y Alexander, aunque lo cierto es que no debí haberlo hecho, pues se intuye en la última parte del segundo libro. ¿Qué fue de Leningrado? ¿Qué fue de Luga, de Lazarevo, de Morozovo? ¿Dónde estás Alexander? ¿Qué fue del amor? ¿Dónde estás? Me dolió el alejamiento entre ambos, por el día se tratan desde la distancia, con respeto y deferencia, pero sin rastro de ese amor por el cual suspiramos en el primer libro, en apariencia. Por la noche ambos se aman, pero también parecen a años luz uno del otro. Después de todo lo que vivieron y todo ese amor que se tuvieron, ¿qué ha pasado? No ha desaparecido, simplemente, ambos han sufrido, han cambiado, han madurado… y han vivido mucho tiempo… separados, son desconocidos pero al mismo tiempo se conocen en profundidad, lo saben todo sobre el otro, lo esencial, pero no consiguen superar esas barreras invisibles a los ojos pero evidentes en el alma.

Alexander está a miles de kilómetros de allí, su alma vaga en la oscuridad y se ahoga en el pasado, en los recuerdos que no lo abandonan, los lleva en la piel, tallados en un mapa en su cuerpo, ¿cómo olvidarlos? Le persiguen, le tienen atrapado, no puede huir de su mente, no puede escapar de su cuerpo, no puede olvidar… El amor sigue ahí, escondido, indestructible, pero él… él está lejos.

La memoria perdura para siempre, puede difuminarse con el paso del tiempo, pero el dolor permanece. Y si los recuerdos son tan traumáticos y desgarradores no es extraño que las personas cambien. Este es el caso de Alexander, no sólo ha sufrido la guerra, el hambre, el frío y la brutalidad de los campos de concentración, también la soledad y la desesperación han hecho mella en su vida, en su alma. No hay nada que no haya vivido aún en su juventud, es un hombre viejo con un cuerpo joven, se siente cansado aún cuando sus fuerzas sean las mismas. Su piel ha quedado marcada por numerosos tatuajes y cicatrices por parte de rusos y nazis, su pasado inmortalizado con un mapa, del que no puede huir. Es un ex combatiente como los demás soldados que fueron a la guerra y sobrevivieron… y cambiaron. Sirviendo al ejército desde su juventud, ha vivido demasiado tiempo bajo el yugo del comunismo, la guerra y las barbaridades que tuvo que presenciar. Ha levantado un muro a su alrededor, se ha hundido en el pasado, se ha estancado en el presente, no consigue superarlo, se ha vuelto retraído y taciturno, triste y apesadumbrado, incluso ante Tatiana, el amor de su vida, la luz de su existencia.

Primero fue el vestido blanco con rosas bordadas y el banco; el helado y el autobús; los viajes en el tranvía y las noches blancas; la Rusia comunista: Leningrado y la fábrica de la Kirov, la catedral de San Isaac; el racionamiento y las bombas; Luga, Lazarevo, Morozovo y el Lago Ladoga... la Segunda Guerra Mundial; el hambre y el frío; la esperanza y la muerte; el dolor y el amor...

Luego reapareció el dolor, más dolor; la distancia y la nostalgia; Rusia y EEUU; la Guerra Mundial, la Europa destruida; la inanición y la abundancia; la tristeza y la soledad; la muerte y el deseo de morir; la esperanza y la pérdida de fe; la resignación y la inconformidad; la traición y la lealtad; el odio y el amor...

Su amor fue vivir el presente, aprovechando cada instante, atesorando cada momento, como bien decía en “El jinete de bronce”: no tenían un pasado, no tenían un futuro, simplemente, eran, jóvenes en Lazarevo. La guerra amenazaba con acabar con este amor y el pasado era simplemente un puñado de momentos robados durante la contienda, sin poder vivir su historia en su totalidad. Pero ahora, vencidas todas las fuerzas que les superan, exiliados en EEUU para empezar de cero y cumplir con su sueño americano, pueden vivir por primera vez en libertad, como una familia, como lo que siempre desearon. Pero no será fácil.

Alexander no es el mismo personaje perfecto y optimista del primer libro, deja de ser ese héroe maravilloso para convertirse en otro hombre, oscuro y destrozado por la brutalidad de la guerra y los campos de concentración. Ha sido endurecido por numerosos frentes, como bien vimos en los otros libros. Es brusco e indiferente en ocasiones, en otras saca a relucir su mal carácter, incluso dudamos de si ha olvidado el amor, de si realmente ama a Tatiana, pues la distancia que interpone entre ellos es desgarradora. Pero no hay razón para temer eso, la ama, más de lo que podemos imaginar, es su faro en la oscuridad, su solaz en la desesperanza. Sólo que no es capaz de mostrar sus sentimientos, una coraza inhumana le ha rodeado, una máscara que produce dudas, compasión y desesperación a partes iguales. Alexander es un personaje con muchas facetas y en ocasiones contradictorias. Tatiana lo sabe y sabe que tiene que protegerlo, incluso de sí mismo, al mismo tiempo que intenta conocer a su nuevo marido, para recuperar aquello que perdieron en Leningrado. Fue ella la que le rescató y sabe muy bien que su recuperación simplemente acaba de empezar, las heridas, viejas y nuevas, le han cambiado durante los años de separación y sólo queda que el tiempo y el amor las cure.

Tatiana sigue siendo la joven voluntariosa, sincera y honesta, pero ha madurado gracias al tiempo y el dolor. Sabe lo que es una pérdida y no está dispuesta a pasar de nuevo por ese trance, por lo que siempre tratará de proteger a los suyos, sobre todo a Alexander que, hermético, impenetrable, la necesita más que a nadie y nada en el mundo y ella lo sabe. Ella es la fuerte, la roca sobre la que se sostienen los demás, donde se agarrará Alexander para volver a vivir. Será un proceso lento, doloroso pero bonito ver cómo va derribando cada muro que Alexander ha erigido a su alrededor. En ocasiones él me ha puesto los pelos de punta con su dureza y su cruda sinceridad, en otras me ha dado un vuelco al corazón cuando la rechaza o, al contrario, la abraza para no separarse de ella jamás, en un ataque de posesión y agonía.

La novela es un recorrido por la segunda mitad del siglo XX, desde EEUU presenciamos los años 50 y el típico machismo de la época, los distintos conflictos bélicos en que los norteamericanos participaron, tales como el Conflicto de Corea o la Guerra de Vietnam, en las que se vieron inmersos algunos de los personajes. También acudimos a la llegada del hombre a la luna el 20 de julio de 1969, fecha que se les quedó grabada en la mente a la familia Barrington, pero no por interés científico y patriótico. A través de los años vemos cómo el amor entre amos se afianza, se tambalea y vuelve a cobrar fuerza. Hay altibajos y momento difíciles, algunos muy graves pero ellos siguen juntos, desafiando a todo aquello que amenaza con separarlos.

Aparecen nuevos personajes y enemigos, la hipocresía y la amistad se confunden, pero poco a poco los vamos descubriendo. Hay sucesos y descubrimientos predominantes por parte de estos personajes, algunos irreversibles. Otros peligran su amor, y algunos incluso sus vidas. Anthony adquiere importancia a medida que crece, nombramos también a Vikki y al coronel, aparte de todos los conocidos con los que nuestros protagonistas se relacionan a lo largo de los años…

El “Jardín de Verano” es, ante todo, un libro muy complejo. La novela romántica trata, básicamente, de la época en que los protagonistas se conocen y se enamoran, y la historia surge hasta el momento en que encuentran el equilibrio y la felicidad. Incluso a veces se muestra cómo es la vida de éstos algún tiempo después, en ocasiones con la presencia de niños o estando la protagonista embarazada. Seguro que no soy la única que se ha preguntado cómo sería la historia completa, desde el instante en que se enamoran hasta el momento culminante de sus vidas pasando por una aventura emocionante como lo es el matrimonio y sus sucesivas escenas de amor y felicidad, tristeza y dolor. Ésta es esa historia que estábamos esperando.

Tuve miedo de empezar este libro, primero porque era la despedida, la última vez que seguiría a mis protagonistas, a estos personajes que han llegado a mi corazón. Segundo porque no sabía con qué me iba a encontrar pero sí que la autora nos haría pasar por sufrimientos y alegrías, que reiría y lloraría, que la lectura me iba a dejar agotada entre tantas emociones contradictorias, y es cierto. Leo con gozo cómo Tatiana y Alexander superan todos los obstáculos, cómo consiguen encontrar la felicidad y cómo regresan a ese momento mágico que encontraron en el Jardín de Verano y veo con tristeza cómo pasa el tiempo, cómo envejecen juntos y cómo se aman y se necesitan el uno al otro para vivir…

La trilogía de “El Jinete de Bronce” es una serie de novelas que no puedes evitar atesorar en tu corazón. Esta trilogía ha cambiado mi concepto de lo que es la novela romántica e irremediablemente ha bajado el listón de las demás novelas. Consigue sumergirnos en la historia y sentir y sufrir con los personajes, pasando por la alegría más intensa hasta la tristeza más desgarradora, no deja indiferente a nadie. Se ha atrevido a ir más allá de cualquier novela, utilizando un tiempo y espacio inusuales. Son libros largos y tratan la misma historia durante tres volúmenes sin decaer en ningún momento, arriesgan mucho pero la autora lo aborda todo magistralmente. Nos emocionan por momentos, sus frases y situaciones te dejan una sonrisa en la cara o te dan un vuelco al corazón. Es una historia sentimental pero muy sensual, de las más completas e intensas, de esas que, a pesar de sus fallos, las consideras perfectas. Desde que leí “El Jinete de Bronce”, no hago más que pensar en bancos, tranvías y autobuses, y me ha creado la necesidad de viajar a Rusia y la Europa Oriental para conocer el lugar de Tatiana y Alexander, para conocer las noches blancas y todos aquellos lugares que pisaron juntos.

Alexander es el protagonista más entrañable y humano que he tenido la suerte de conocer. Su gran profundidad y sus numerosas facetas nos cautivan a lo largo de los libros. No puedo evitar amar al personaje pero también hubo momentos en los que lo odié, lo confieso. Lo cierto es que descubrimos muchas caras de nuestros protagonistas a lo largo del libro, características que pueden no agradarnos, distanciándose de las cualidades que tuvieron en el primer volumen. Los que se hayan leído la trilogía sabrán a lo que me refiero. La historia de amor de Tatiana y Alexander no es perfecta, hay momentos desgarradores que te dejan en tensión a lo largo de las páginas y otros en los que lo único que deseas es abrazar el libro y no separarte de él. “Cada pareja es un mundo”, dice Tatiana en varias ocasiones, y tiene razón.

Si hay algo que la autora maneja con total maestría es el simbolismo en sus novelas. Tiempo después de leer la trilogía, aún recuerdo el banco de Leningrado, el tranvía y el autobús. Relaciono Lazarevo como el paraíso de los protagonistas más entrañables que he leído; la Segunda Guerra Mundial cambia de significado y el sitio de Leningrado deja de ser una masacre para convertirse en la historia de amor más bonita, desgarradora e intensa de mi vida. A pesar de que todos los libros son muy buenos, mi favorito es “El jinete de bronce”, cuando no sabía lo que iba a descubrir pero tenía absoluta certeza de que lo que tenía entre mis manos era una piedra preciosa, que guardaría y admiraría cada cierto tiempo.